miércoles, 14 de julio de 2010

"Los tres tilos" de Hermann Hesse

En el cementerio del Hospital del Espíritu Santo, que está en la ciudad de Berlín, en Alemania, se encuentran tres hermosos y antiguos árboles de tilo, tan grandes que sus ramas entrelazadas cubren como un inmenso techo todo el cementerio. Sobre el nacimiento de estos hermosos árboles hay una vieja historia, que se cuenta desde hace cientos de años.
Cuenta esta historia que en la ciudad de Berlín vivían tres hermanos, unidos por un cariño tan grande como pocas veces se ve. Una noche, uno de ellos salió sin decir nada a sus hermanos, ya que pensaba encontrarse con una muchacha. Poco antes de llegar al lugar de la cita, escuchó un quejido que venía de un rincón oscuro. Pensando que podía tratarse de un animal herido, se acercó a averiguar qué ocurría. ¡Cuál no sería el susto, al encontrarse con un hombre tendido en un charco de sangre! Enseguida se agachó y le preguntó qué le había pasado. Pero sólo unos débiles gemidos recibió por respuesta. El hombre tenía una herida de puñal en el corazón y a los pocos minutos murió en los brazos del asustado joven.

Todo confundido el joven volvió a la calle. En eso vio que se acercaban dos policías y mientras pensaba qué sería mejor, si esconderse o darles aviso de lo sucedido, uno de ellos lo descubrió y le pareció muy extraño su modo de comportarse. Los policías se acercaron a interrogarlo y el joven los llevó al rincón oscuro, mientras trataba de explicarles lo sucedido. Pero al encontrar al hombre muerto, de inmediato lo apresaron sin prestar atención a la historia que les contaba el joven.
Al día siguiente el juez comenzó la indagación. Llevaron al joven a reconocer el cadáver y solamente en ese momento, a la luz del día, pudo ver que se trataba del herrero del pueblo, con quien hacía algún tiempo había tenido amistad. Como la noche anterior el joven había declarado que no conocía a la víctima, el caso se complicó para él. Además, se presentaron algunas personas a declarar y contaron que el joven y el muerto habían sido amigos, pero que se habían disgustado por culpa de una muchacha. El joven insistía en que él era inocente. Pero el juez estaba convencido de que él era el asesino y sólo esperaba reunir pronto pruebas suficientes, para hacerle juicio y entregarlo al verdugo.
Mientras tanto, en casa del joven, sus hermanos esperaban en vano su regreso. Por fin el mayor de ellos tuvo que salir de viaje y el menor decidió ir a buscar al joven. Cuando se enteró de que estaba preso, acusado de homicidio, sintió un profundo dolor y sólo pensaba en la forma de ayudarlo a recobrar la libertad. Entonces fue a ver al juez y le dijo:

-Señor Juez, mi hermano es inocente. Déjelo en libertad. Yo soy el verdadero asesino y no quiero que un inocente sufra por mi culpa. Yo era enemigo del herrero. Anoche lo seguí y al verlo cruzar por aquel rincón solitario me acerqué y le clavé el puñal.

El juez se quedó muy sorprendido al escuchar la confesión, pues estaba convencido de que el que estaba preso era el verdadero culpable. Pero ya que éste confesaba ser el asesino, no le quedó más remedio que esposarlo y mandarlo también a la cárcel.
Pasaron los días sin que el juez pudiera descubrir algo nuevo. El primer inculpado, que no sabía lo que había hecho su hermano por salvarlo, seguía repitiendo que era inocente.
En eso, el mayor de los hermanos regresó de su viaje. Los vecinos le contaron todo lo que había sucedido. También le contaron como uno de sus hermanos se había declarado culpable con tal de salvar al otro, y que los dos se encontraban aún presos. Esa misma tarde fue a buscar al juez y se arrodilló delante de él diciéndole:

-Señor Juez, en la cárcel hay dos inocentes que sufren por culpa mía. Ninguno de ellos mató al herrero. Fui yo quien lo mató. Le ruego que deje en libertad a mis hermanos. Yo estoy dispuesto a pagar el crimen con mi vida.

Ahora los tres hermanos estaban presos y el caso se complicaba más. Por eso cuando uno de los vigilantes pasó frente a la celda del hermano menor, murmuró: “Me gustaría saber cuál de ustedes es el verdadero culpable”. Por más que el joven le preguntó qué quería decir con eso, el vigilante no quiso darle más detalles. Sin embargo el joven comprendió de pronto que sus dos hermanos se habían declarado culpables del crimen por salvarlo a él. Entonces estalló en llanto y pidió que lo llevaran donde el juez, a quien le dijo:

-Le pido que me perdone por haber demorado tanto su decisión. Estaba seguro que nadie me había visto cometer el crimen y que no se podría probar mi culpa. Pero he meditado mucho y ahora comprendo que las cosas deben ir por el camino recto, así que no callaré más y confieso haber matado al herrero.

De inmediato el juez comprendió que sólo uno de los hermanos podía ser el asesino y que los otros se declaraban culpables por el cariño que se tenían. En el fondo de su corazón sentía miedo de tener que tomar una decisión, pues comprendió que un ser humano no es capaz de juzgar en casos como éste. Entonces fue a pedir consejo al príncipe, que era un hombre muy justo.
El príncipe lo escuchó con mucha atención y finalmente dijo:

-Estoy convencido que ninguno de los tres cometió el crimen, ni siquiera el menor de ellos. Pero como se trata de un crimen muy grave, no se les puede dejar libres. Dejemos que sea Dios quien los juzgue y dicte la sentencia.

Y así se hizo. Un día cálido y soleado, los tres hermanos fueron llevados a una plaza. A cada uno se le dio un árbol joven y fuerte para que lo sembrara. Pero tenían que sembrarlo con la copa hacia abajo, mientras que las raíces quedaban en el aire, apuntando hacia el cielo. El árbol que se secara primero indicaría que el que lo sembró era el culpable. Éste entonces recibiría su castigo.
Los tres hermanos obedecieron y cada uno sembró su arbolito enterrando las ramas en el suelo. Poco tiempo después, para sorpresa de todos, los tres arbolitos comenzaron a crecer y echar ramas, en señal de que los tres eran inocentes.

Los árboles sembrados por los tres hermanos siguieron creciendo y creciendo. Son aquellos hermosos tilos, que con sus ramas entrelazadas, cubren como un inmenso techo todo el cementerio.

4 comentarios:

  1. Uno de los mas bellos cuentos que guardo de mi niñez...
    Hace ya 36 años que lo lei por primera vez...

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  2. hermoso cuento hace ya 29 años que lo leí

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  3. Yo lo leí en un "Escuela Para Todos" hace años muy conmovedora historia.

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  4. Jamás lo he olvidado muy hermoso cuento y muy conmovedor

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